Reconozco que no siempre he sentido esta aversión hacia Ellen Pompeo y su alter ego, Meredith. Recuerdo que me gustó en su momento aquel cameo que hizo en Friends, cuando apareció en un flashback de Ross y Chaendler, en el que estaban en la universidad, y juraron que ninguno de los dos se liaría nunca con ella, aunque Chaendler no cumplió su palabra precisamente.
Mi recuerdo, sin embargo, era demasiado vago. Por casualidades de la vida volví a ver ese episodio no hace mucho y, sí, está más joven, pero sigue con la misma incapacidad innata para la actuación. Expresión facial cero. Solo sabe cerrar los ojos cuando sonríe y poner cara de “paso de ti, mira que guay soy”.
Pero lo que más me molesta de Meredith Grey, no es su nula expresión facial, ni la nula capacidad interpretativa de Ellen Pompeo, sino lo asquerosamente mal que trata a Dereck durante toda la serie. Me molesta sobremanera porque el del neurocirujano es un personaje que me cae muy simpático. Tiene esa picardía en los ojos, reservada para los chicos malos y los jóvenes rebeldes, pero a su vez su expresión denota honradez y simpatía. Pues bien, desde que en el piloto ambos se despertaron desnudos después de una noche de sexo, siendo desconocidos, en el que recordamos que básicamente ella lo echó a patadas, desde entonces, repito, Meredith le ha tratado como a un perro. Peor que a un perro.
Mientras Dereck lo daba todo por esa relación ella no daba nada. Siempre le dejaba de segundo plato y aprovechaba cualquier escena para robar el protagonismo del momento y calentar la cabeza a todos con su tortuosa relación sentimental.
No es la primera vez que lo digo, y seguramente no será la última: con la refrescante irrupción en esta cuarta temporada de la hermana (de padre) de Meredith, Lexie, los guionistas están ante una excelente oportunidad de matar al personaje protagonista y que la serie pueda seguir llamándose “Anatomía de Grey”. Crítico en Serie está conmigo y se que otros muchos también. Señores guionistas, están a tiempo. Escuchen al pueblo.
