rase, pero tranquilos, tiene una explicación. Cuando descubrí House por primera vez (hará un par de años), me quedé maravillado por el grandísimo nivel que mantenía capítulo tras capítulo. Desde el primer momento supe que estaba ante una serie de las que marcan época, de las que generan un antes y un después en este pequeño pero gran mundillo nuestro que es el de la televisión. Tanto es así, que en pocas semanas había devorado las 2 primeras temporadas. Los 40 minutos de cada episodio pasaban volando entre ocurrencias del amado/odiado doctor y casos médicos realmente interesantes, por la inusual forma de enfocarlos con los ya célebres “diagnósticos diferenciales”. Estábamos, sin lugar a dudas, ante un programa que adquiriría la etiqueta “de culto” en pocos años, ya que contaba con millones de seguidores en todo el mundo. País en el que se estrenaba, país que quedaba rendido a sus pies.Pero de repente, algo cambió. Terminó la alucinante 2ª temporada, y tras un verano interminable de espera, llegó la 3ª…y con ella la decepción. La decepción creciente ante más de lo mismo. Seguía siendo igual de brillante, pero los comentarios del dr. House ya no eran divertidos, chisposos, ni geniales, eran… lo de siempre, lo que ya llevábamos viendo 2 años, solo que los casos eran cada vez más insólitos y los diagnósticos solo alcanzables por un premio Nóbel en potencia. Se podría decir que la primera temporada fue la del descubrimiento, el shock inicial, la que dejó a todo el mundo maravillado ante tanta frescura. La segunda fue la confirmación de que, al contrario que otras series, no habíamos estado ante un primer año con suerte, sino que los creadores eran buenos, sabían lo que hacían, y estaban dispuestos a seguir demostrándolo. Sin embargo, cuando llegó el momento del cambio, House no se adaptó. Siguió abusando una y otra vez del mismo recurso: caso en apariencia imposible de resolver, House da la solución el primer minuto, se equivoca, su equipo investiga, él tiene un pálpito como resultado de una conversación casual con alguien (Wilson dice “estoy hasta las narices de ti”, y House da con la tecla: “Claro, las narices. ¡Tiene un cáncer en la nariz!”) y el paciente se salva. A veces, para cambiar la dinámica, el paciente moría, pero a esas alturas todos nos habíamos dado cuenta ya de que la serie necesitaba reinventarse para seguir triunfando. Ahora, tras haber visto los 8 primeros capítulos de la 4ª temporada, puedo decir tranquilamente que lo ha conseguido. Y a partir de aquí SPOILERS del final de la 3ª y algunos muy leves de la 4ª.
En la season finale del pasado mayo, la “cuadrilla del cojo” se desmiembra y cada uno se va por su lado. Con este giro de guión ya podíamos adivinar que algo estaba a punto de cambiar, y efectivamente así ha sido. Aunque los personajes eran buenos (para mí, Foreman soberbio), la gente empezaba a cansarse de verlos en pantalla, sobre todo cuando cada vez había más distancia en cuanto a interés entre ellos y su jefe. Así que la solución estaba clara: buscar un nuevo equipo. Y que mejor forma de hacerlo que con un “Reality/entrevista”, según palabras de la propia Cuddie.
A House le obligan a escoger de una vez a un nuevo equipo, y como no podía ser de otra forma, lo hace a su manera. Para empezar, llena un aula de aspirantes, a lo que va eliminando progresivamente con criterios que distan mucho de ser estrictamente médicos: al último que deje de lavar su coche, por ejemplo. Pero entre todos ellos, me quedo con el concurso que consiste en ver quien consigue quitarle las bragas a Cuddie, consiguiendo así la inmunidad y la nominación de dos de sus compañeros. Y no menos original es la forma de despedirlos, al más puro estilo Supermoledo 2007, rosa en mano.
E hilando una cosa con la otra, llegamos finalmente al nuevo equipo. Las nuevas caras. La gran mayoría son un acierto, porque tener una doctora a la que llamas “Zorra implacable” (Anne Dudek) no puede menos que ofrecerte 2 ó 3 escenas descacharrantes por capítulo. Mención especial para el momento llamada y el “Zorra implacable llamando” en la pantalla del móvil de House. También tenemos a 13 (Olivia Wilde), que si bien de momento no ha aportado gran cosa salvo su indudable belleza, parece que se abre una puerta dedicada a la enfermedad que podría haber heredado de su madre, enferma de Huntington. Además, me hace mucha gracia que la siga llamando por el número que le asignó cuando eran mil en la clase. También está Taub (Peter Jacobson), un cirujano plástico que necesita dar un giro a su vida por razones que House no dudará en investigar, o mejor dicho, cotillear. Kutner (Kal Penn), al que ya conocemos como el terrorista encubierto de la 5ª temporada de 24 (Enero de 2009 no llega nunca…), es otro de los aspirantes, al igual que Cole (Edi Gathegi), quien nos priva de un juego de palabras con su mote debido a una mala traducción. House le llama “Gran Amor”, refiriéndose a la serie “Big Love”, que no ha llegado a estrenarse en España, y que trata de un polígamo y su relación con las tres esposas. Uno de mis favoritos es Dobson (Carmen Argenziano), cuya avanzada edad despierta la curiosidad de House, hasta que finalmente acaba descubriendo que ni siquiera tiene la carrera de medicina. Aunque estos son los principales, la lista se alarga con otros aspirantes que irán cayendo uno por uno hasta alzarse con los dos puestos disponibles. Si, dos, porque el tercero será reocupado por Foreman, el hijo pródigo, que verá cómo todos los hospitales le rechazan por haberse convertido en el propio House a la hora de saltarse las normas.
Y en este punto llega una de mis pequeñas desavenencias con esta temporada. No termina de gustarme la forma en que han recolocado a su antiguo colega en el equipo, ni tampoco que Cameron, y mucho menos Chase, estén rondando de nuevo por el Princeton Plainsboro, aunque en servicios diferentes del hospital. Sin embargo, esto no empaña el buen sabor de boca que me está dejando esta nueva temporada. Los casos son de nuevo interesantes y estimulantes, y hemos podido disfrutar ya de capítulos realmente buenos, cómo el 4x07, “Feo”, en el que un adolescente con un supertumor en la frente va a ponerse en las manos del dr. House, seguido en todo momento por una cámara de televisión que quiere filmar el proceso, y convertirlo en un reality. Y sin duda, el capítulo que muchos sabíamos que llegaría (del que no desvelo el título para no chafar la sorpresa), en el que, finalmente, el lupus es la respuesta.
Para ir terminando, simplemente diré que me gusta bastante el camino que parece estar tomando la serie. A pesar de seguir con los capítulos auto-conclusivos (en House están más que justificados) la serie está rayando a un nivel altísimo, y parece que el bueno de House está volviendo por sus fueros. Larga vida al enfant terrible de la televisión.


